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Nacieron
en el mismo pueblo. Jugaron juntos en un equipo del pueblo, llegaron juntos
y jugaron juntos en Banfield. Hoy Hernández es el cuñado
de Alvarez y son vecinos.
Ambos
nacieron en Fuentes, en el sur de la provincia de Santa Fe y jugaban uno
al lado del otro en el ala izquierda del América de Fuentes: Alvarez
de diez y Hernández de once.
Un 9 de Julio durante una fiesta comunal con carreras de sortija y cuadreras,
se jugó un partido entre el combinado del pueblo y los veteranos
de Rosario Central. Se los llevaron a los dos y tuvieron un efímero
paso por las inferiores canallas.
A comienzos de 1947, Hernández vino a probarse en el Taladro aprovechando
que tenía un pariente que vivía en Banfield. Después
de la práctica, Remigio Sola le dijo que de todos los que
probamos, vos fuiste el mejor, pero en tu puesto ya tenemos titular, lo
que necesitamos en un suplente de Eduardo Silvera. Después
le preguntó si conocía algún muchacho para
recomendar, y le sugirió traer a su compañero en el
flanco izquierdo del ataque en el América de Fuentes que
juega mejor que yo.
Ambos debutaron en la primera de Banfield en 1947. La historia de Hernández
fue más veloz y corta: jugó todos los partidos del campeonato
1949 en la delantera formada por Miguel Converti, Juan José Pizzuti,
Gustavo Albella, Nicolás Moreno y él. Pero después
no evolucioné, afirma. Siguió en el club como
suplente, hasta que a fines de 1951 quedó libre: en Agremiados
me asesoraron mal, yo quería seguir en Banfield.
El caso de Ernesto Alvarez fue distinto. Se consolidó en primera
en 1952, tras la venta de Gustavo Albella y Nicolás Moreno. Jugó
en los cinco puestos del ataque: le pegaba con las dos piernas, era muy
habilidoso, corredor y gambeteador. Era un jugador eléctrico, que
le hacía comer todos los amagues a sus marcadores. Y de defender,
ni hablar: Yo no corría a nadie, que me corrieran a mí.
Entre 1952 y 1956 formó parte de excelentes delanteras, como en
la brillante campaña de 1952 - en la que el Taladro terminó
quinto - compuesta por Miguel Converti, José Sánchez Lage,
Ernesto Alvarez, Adalberto Rodríguez y Juan Carlos Huarte, o las
de 1955 y 1956 en Segunda División, con Norberto Boggio, Raúl
Graziolo, Gustavo Albella, Ernesto Alvarez y Marángelo o Acevedo.
A fines de 1956, luego de algunos cortocircuitos entre los jugadores más
veteranos del plantel y dirigentes de la Agrupación Mr. Burton,
que gobernaba al Club, se fue a Chile con el pase en su poder. Después
de jugar dos temporadas en el Green Cross junto a Gustavo Albella, pasó
a la Universidad de Chile, donde formó parte de El Ballet
Azul de la Chile, dirigido por el Luis Alamos Luque, a quien Alvarez
recuerda como el mejor técnico que tuvo. El Ballet Azul fue un
legendario equipo que para la historia del fútbol chileno representa
algo así como La Máquina de River Plate en la
Argentina: cosechó seis títulos en once temporadas y Ernesto
Alvarez fue el autor de 68 goles, que los convirtieron en el séptimo
goleador de la historia de la U de Chile, y en el máximo
anotador extranjero.
Después del Mundial 1962, realizado en Chile, se nacionalizó
y así fue uno de los pocos extranjeros que jugó en la Selección
Chilena: lamenta no haberlo hecho antes, porque hubiera sido titular durante
el mundial.
Se despidió del fútbol en el Audax Italiano de Santiago
de Chile en 1957, con 40 años. Aunque en sus diez años de
trayectoria en el fútbol transandino lo trataron muy bien y una
de sus hijas es chilena, llegado el momento del retiro optó por
retornar a la Argentina. Actualmente vive en la zona norte del Gran Buenos
Aires, está jubilado, y tiene como vecino a su amigo Adolfo Hernández,
quien se casó con su hermana.
Agradecimiento:
Marcelo Aguila desde Chile.
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