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Ante la propuesta de escribir una reflexión acerca de nuestro querido Garrafa, lo primero que brotó de mi cabeza no fue otra cosa más que una simple pregunta: ¿Que nuevo aporte podría incorporar a la historia que ya todos conocemos de este rapado que en cada jugada nos invitaba a soñar?
Primeramente, comencé una investigación acerca de algunos detalles que quedaron sin contar de la ya conocida anécdota de 1996, cuando pasó rápidamente con su moto al lado de la camioneta de Bilardo, por entonces técnico de Boca.
Después, cerré mis ojos para transportarme un poco más atrás en el tiempo y recordando su voz de niño, traté de imaginar como serían aquellas tardes en las que se dedicaba a jugar campeonatos barriales de penales a cambio de dinero, cuando aún conservaba su larga cabellera. Inmediatamente rememoré uno de los días más felices de mi vida, el 19 de mayo de 2002, cuando metió un guantazo al ángulo izquierdo de Sala y luego un pase milimétrico para que el uruguayo Lujambio anotara el segundo gol contra Independiente, ganamos 2 a 1 y nos salvamos de la promoción para el deleite de nuestros corazones liberados que volvían a latir con normalidad.
Mientras tanto, permanecí varias noches sentado frente al monitor, tratando de eternizar en un documento de Word una explicación acerca del porque de este amor alocado hacia una persona a la que apodaban de una manera tan extraña, pero francamente, me topé con que todas las respuestas halladas carecían de seriedad.
Como conclusión, puedo mencionar que perdí muchísimo tiempo hasta que por casualidad en un momento de divague, tuve una idea genial, comenzar este relato como corresponde, por el principio.
A modo introductorio, cabe destacar que escuché hablar por primera vez de Garrafa cuando Andrés, un amigo que es enfermo hincha de Lafe, lo vio debutar en primera marcando la punta izquierda frente a Almirante Brown y comenzó a idolatrarlo en el momento en que tiró un caño en la puerta de su propia área.
A medida que los rumores de su grandeza se iban multiplicando, y como eterno enamorado del fútbol, sentí cada vez más curiosidad por conocer a aquel gordito mañero y provocador de zurda implacable que ya se había adueñado de la camiseta número diez.
Algunos partidos televisados trajeron hasta el living de mi casa, las hazañas de ese talentoso atorrante, mientras Andrés me mantenía informado aunque no se lo solicitara.
Corría el año ’97 cuando se mudó a un barrio más cercano para jugar en El Porvenir y ser el artífice del ascenso a la B Nacional. Más tarde nos tocaría sufrirlo e insultarlo solo por el resentimiento que nos provocaba verlo con la camiseta del equipo de enfrente.
En el ‘99 le perdí un poco el rastro cuando cruzó hacia la otra orilla del Río de la Plata para jugar en Bella Vista, aunque luego supe que no pudo demostrar todo su potencial debido a que prefirió permanecer junto a su padre que se hallaba enfermo, antes de continuar pateando una pelota.
Un día aterrizó en Banfield, y tal vez por estar acostumbrado a los equipos-golondrina de los últimos tiempos, no le auguré un futuro promisorio, aunque no dudaba de su calidad de potrero y de su gambeta sencilla y pícara.
A modo de confesión, me referiré a un hecho insólito que ha permanecido guardado en mi memoria hasta el día de hoy, pero creo que ha llegado el momento propicio para sacarlo a la luz.
Como no sabía como se encontraba Garrafa en lo futbolístico por la inactividad obligada de casi siete meses, una tarde agarré un pequeño anotador y una lapicera negra, con el fin de seguirlo durante las prácticas para realizar una evaluación pormenorizada de los defectos y las virtudes de esta nueva incorporación banfileña, mientras Andrés me seguía enfermando con sus estadísticas.
Hace unos días, revolviendo los papeles que guardo al por mayor en mis cajones secretos, encontré esa libretita cuadriculada que fuera escrita con letra casi indescifrable para que nadie pueda interpretar su contenido.
A continuación, procederé a transcribir por primera vez la totalidad de los resultados obtenidos oportunamente durante aquel celoso seguimiento, realizado en mi función de psicólogo autodidacta recibido en la Universidad Callejera de la Ciudad de Banfield:

.-A simple vista, se puede apreciar una conducta netamente abusiva del paciente sobre los jugadores rivales. Se trata de un individuo que es conciente de que la naturaleza le ha brindado la posibilidad de ser diferente y por eso saca el máximo provecho de esta situación.

.-Se ha vislumbrado asimismo, un dejo de maldad en cada acto, por el hecho de ridiculizar constantemente a los oponentes en las acciones relacionadas con el juego.

.-Se lo observa continuamente sumergido en situaciones de egoísmo y mezquindad, ya que durante el transcurso de los encuentros deportivos tira su espalda hacia atrás, casi desafiando la ley de gravedad, teniendo como único fin mostrar y ofrecer la pelota a los rivales, pero sin dejar que ellos puedan acceder y/o acercarse brevemente a ella.

.-Se nota además, un grave conflicto de personalidad porque responde frecuentemente a las siguientes denominaciones: genio, Jóse, ídolo, Dios, pelado, maestro, master, gordo, loco, José Luis, loquito o Garrafa.

.-Está invadido por una envidia superlativa, debido a que cuando alguien que no tiene su mismo color de camiseta tiene la pelota, hace todo lo posible por sacársela para no devolvérsela hasta recibir a cambio una reacción violenta y/o desmedida.

.-Posee gran facilidad para los movimientos histriónicos, valiéndose de una habilidad innata para hacer reír y aplaudir a los espectadores propios y extraños.

.-Por su característica de juego, como ser el paso cansino por momentos y su tremenda personalidad para aparecer en las situaciones difíciles, se muestra como un futbolista de otra época.

.-Goza de un enorme magnetismo para erigirse como centro neurálgico de todas las miradas y posee un don natural para hacerse querer y odiar en proporciones similares.

.-Por otra parte, por momentos se muestra cariñoso y afectivo con la pelota, a la que transporta con trote corto entre caricias propias de un inquebrantable enamorado.

Luego de estas anotaciones primarias, con el paso del tiempo me fui acostumbrando a agudizar mis sentidos ante cada nueva contorsión de este payaso de bochinescas piruetas, que ingresaba a la cancha para repartir esperanzas de grandeza entre sus atónitos observadores.
La leyenda expresará, que cuando sus gambetas fueron demasiadas para la siesta sabatina, llegaron a Primera y siguieron creciendo hasta traspasar los límites de nuestro país.
Este calvo de humildad sin igual, no jugó nunca en la Selección, tampoco le tocó emigrar hacia Europa, ni siquiera pudo demostrar su capacidad en un equipo de los denominados grandes, mucho menos salió campeón mundial, pero llevaba la espontaneidad a flor de piel y esa pausa en los penales cargada de suspenso que nos hacía llorar dentro y fuera de una cancha.
Le gustaba pelearse o discutir, quizás hasta recibir una expulsión, por su autenticidad, porque así era el pibe nacido en Villa La Jabonera, un barrio lleno de pasión y emoción por el fútbol. Por todo ello, hoy soy uno de los que puede afirmar con orgullo que tuve el privilegio de poder disfrutar de su espectáculo más grandioso, el que brindaba dentro de un campo de juego y que puedo asegurar que narraré hasta el hartazgo sus máximas epopeyas para que todos puedan disfrutar de sus proezas.
La noticia más triste no fue la su desaparición física, sino la del día en que me dejaron huérfano de fútbol, privándome del disfrute de esa pierna izquierda embrujada que tanto me hacía recordar al Diego.
Sin embargo, seguí regocijándome con sus genialidades luego del adiós sin despedida de Banfield, incluso la tarde del 9 de agosto de 2005 cuando volvió a ponerse la otra camiseta verde y blanca que tanto amaba.
“Siempre se vuelve al primer amor”, me comentó Andrés aquella tarde parafraseando a Gardel, mientras observábamos el retorno de Garrafa contra Temperley. En ese partido jugó muy poco tiempo porque se retiró expulsado, demostrando que seguía siendo el mismo de siempre, el que yo había conocido y adoptado, el gracioso de la cabeza afeitada que supo enrojecerme las palmas.
Continuaba haciendo estallar las tribunas, abrazándose al fútbol cada vez con más ímpetu, seguía siendo un loco lindo con alma de bailaor gitano, seguía siendo el gordito de potrero que llevaba el barrio en la piel, seguía siendo simplemente el querido Garrafa…

Por Rodolfo Morel [RodolfoMorel@soydebanfield.com.ar]


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