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Al Maestro con cariño…

Una vez me miró a los ojos. Aquel 20 de mayo de 2001 cuando veníamos de dar la vuelta olímpica. Yo despedía a mi novia en la esquina de Arenales y Gallo, ella se había cansado de los festejos y como buena hincha de Témperley, se fue a casa. Yo me quedé en el Lencho Sola para festejar hasta que nos echen. De repente escucho un griterío que no venía de adentro de la cancha. Por Gallo entraba el micro con el plantel que venía a festejar con la gente. Asomados, con banderas y a grito pelado. Fui de los pocos dichosos que lo vieron primero, me pude acercar y pegarme al bondi, del lado que estaba parado yo, se asomaban tres jugadores, el Yagui Forestello, que lloraba desconsolado como un nene, estaba en la parte de adelante, atrás de todo, se asomaba el Archu Sanguinetti que repelía el mangueo de un pibe que al lado mío, le pidió desde la camiseta hasta los cordones de los botines. En el medio, asomado con todo el torso afuera, venía Garrafa, castigando la chapa del micro con un pedazo de cubierta de bicicleta, que no tengo ni idea de donde pudo haberlo sacado. El micro hacía las veces de bombo, acorde con el compás de la canción que entonaba el plantel. Se reía y cantaba como si viniera del Estadio Azteca después de ganarle a Alemania en el ´86. Fue la única vez q cruce una mirada con él.

La segunda vez que lo vi de cerca, más allá de tenerlo del otro lado del alambrado muchas veces, fue la noche que jugamos contra el Caracas en Banfield. Venía de una largo tiempo sin jugar por esas lesiones que lo marginaron sobre el final de su carrera. Muchos hinchas llegamos temprano y al ver llegar el micro del plantel nos acercamos para saludar a los jugadores. Yo estaba con mi amigo de toda la vida, Adrián. Nadie sabía que él estaba en el micro. Cuando se paró de su butaca y alguien lo vió se escuchó un desesperado “Está Garrafa!!”. El vitoreo al plantel cambió por la ansiedad de que sólo él baje. Ya nada nos importaba más que tener cerca su querida presencia. Y bajó no más, saludó, sonrió y se metió en el estadio. Habíamos visto a nuestro ídolo de cerca, sólo un segundo y fracción, sin esperarlo.


Tuve la suerte de viajar a Venezuela en el primer viaje internacional del Club. Una vez en Ezeiza, listos para embarcar, el corazón me palpitaba a mil junto con el puñado de hinchas que íbamos en esa aventura, con resultado incierto hasta entonces (Sabe la historia que finalmente nos fue muy bien). Viajábamos con el plantel, allí estaban el Archu, El Loco, El Flaco, El Rioja, pero la mala llegó en la voz de mi mujer, que me había ido a despedir. Se me acercó y me dijo: "Tengo una mala noticia, no viaja Garrafa". Me sentí como un nene que no iba a compartir el viaje soñado con su ídolo, en ese instante, me di cuenta lo que Garrafa significaba para mí. Y era lo mismo que para todo el pueblo Banfileño.

Estas pequeñas e insignificantes historias explican quien fue Garrafa.

Se operó para superar las lesiones para estar listo para la Libertadores de 2005, dejó de jugar un semestre entero para pensar en la Copa que todos los Banfileños soñamos durante toda nuestra vida. Se vistió de gala para el acontecimiento, se preparó, y el destino que no le fue siempre fiel, lo volvió a lesionar.

Lo curioso es que Garrafa no fue de esas estrellas inalcanzables, sino todo lo contrario. Era fácil saber donde verlo, hablarle. Porque era un tipo sencillo, de barrio, de potrero. En un día como hoy me acuerdo de mil cosas, las que todos sabemos: De cuando Bilardo lo bochó en Boca porque lo pasó en la autopista a bordo de su moto. Me acuerdo de porque le decían así: Por vender garrafas junto a su padre de pequeño. Y también me acuerdo de su retiro cuando su padre enfermó. Me acuerdo de los goles memorables: El gol a Instituto en Córdoba para pasar a la final, el tiro libre a Independiente para quedarnos en Primera y el gol olímpico a All Boys. ¡Cuanta maestría! ¡Cuánto potrero!.

Pero hoy quiero recordar las pocas cosas que viví cerca de Garrafa sin estar con él, porque los dos “encuentros cercanos” verdaderos son los que conté. Y digo “encuentros cercanos” porque Garrafa venía, sin lugar a dudas, del mismo planeta que el Barrilete Cósmico.

Uno dice “Garrafa” y sabe a quien se refiere. Garrafa es verde y blanco, por Banfield, por Laferrere, porque fueron sus dos clubes, el que amó desde chico y el que aprendió a amar de grande. Los clubes que lo idolatramos por verlo en cada partido hacer toques, gambetas, rabonas, más gambetas, tacos, ganar faltas inexistentes, meter pases magistrales, más y más gambetas, goles incomparables… Supo llevar el potrero a la Primera B, a la B Nacional, a Primera División, a la Copa Libertadores. Quiso su humildad y sencillez que no lo haga en un club grande, o en el exterior. Quisieron las lesiones y las injusticias del fútbol que no lo haga en la selección, y valla que la merecía más que los pechos fríos que la visten en los últimos años.

Pero con este relato estoy siendo injusto. Porque nos olvidamos de sus orígenes, su niñez. Su ingreso en Laferrere a los 14. No hablamos de su familia, de su bien de persona, su bondad, su compañerismo, su alegría. La misma alegría que derrochaba en la cancha y que a todos nos hizo vibrar, y como dice la canción, “No hablaré del final por ninguna razón”. Prefiero contar cosas que no se si muchos saben, que explican de cerca lo que es “Garrafa”.

Nunca lo nombré en estas líneas con su nombre mortal, su nombre de hombre. Porque curiosamente, entre los hombres tuvo nombres y apellido de los que uno abre la guía telefónica y encuentra por millares. Prefiero nombrarlo con su nombre eterno: Garrafa. Quedará en nuestro recuerdo por siempre. Por todo lo dicho y por lo que no existen las palabras para decirlo. Pero ojo que él no se fue, sólo cambió esa carcasa que tan bien usaba para el fútbol por otra etérea que valla uno a saber para que será tan hábil ahora. Porque Garrafa es de esas leyendas inmortales, de esos héroes jóvenes como Gatica, Ringo o nuestro queridísimo Pampa Orte. El es nuestro D10S, nuestro Maradona, nuestro Bocha, nuestro Beto. Y como la canción de Spinetta, ahora más que nunca es nuestro “Capitán Garrafa”, que va por el espacio con su nave de fibra hecha, no en Haedo, sino en Laferrere. Ayer garrafero, hoy maestro entre los maestros del aire. ¿Dónde está el lugar al que todos llaman cielo?.

Por Hernan Bañez
Fragmento de “Al maestro con cariño” escrito el 09/01/06


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