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FICCIONES
 
Desobediencia debida


Interior. Hospital. Día.

La cámara hace un paneo por la sala del hospital. Primer plano de la enfermera (26 años) por lo que podemos ver su rostro infantil e inocente. Ella mira la cuna de José Luis, el recién nacido. Se ve en la pared un calendario que acusa 26 de mayo. Por el pasillo inmediato pasa una pareja joven vestidos con la moda de los 70 para que el espectador se ubique temporalmente. Se oye el sonido de la frenada de un auto y la enfermera mira por la ventana. Primerísimo plano del rostro de la enfermera con evidente signo de preocupación. Entra a la habitación un hombre joven, de la misma edad de la enfermera, muy acelerado. El diálogo se dará en un clima tenso.

Hombre: -¿Estás sola?
Enfermera: -Hola, ¿no?
Hombre: -Hola, hola… hay quilombo. ¿Estás sola?
Enfermera: -(señalando al bebé) No, estoy con él. ¿Qué pasa?
Hombre: -Están haciendo razia afuera. Los compañeros se están preocupando. Escucháme, ¿fuiste a lo del Cata ayer?
Enfermera: -Sí, ¿por qué? ¿Qué pasó?
Hombre: -Levantaron la villa.
Enfermera: -¡Qué hijos de puta!

Se interrumpe el diálogo por ruidos que provienen del pasillo. Los dos miran hacia él y siguen la conversación al cesar el sonido.

Hombre: -El Cata está juntando más gente.
Enfermera: -¿Dónde?
Hombre: -No, no te puedo decir.
Enfermera: -Bueno, no importa. Decíles que cuenten conmigo.
Hombre: -Sí, se entiende. ¿A qué hora terminás acá?
Enfermera: -A las 12.
Hombre: -Bueno, me voy.

El hombre antes de irse, vuelve y le da un beso en la mejilla.

Hombre: -Cuidáte.
Mujer: -Vos también.

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Una vez sola, la enfermera le acaricia los pies al bebé que años más tarde danzarían sobre el pasto del Florencio Sola para arrancarle sonrisas a los espectadores de los orgullosos locales y los azarosos rivales. Entre falcon verdes, armas, obediencia y castigo nuestro héroe irá creciendo. Un potrero de Laferrere lo verá dar los primeros pasos con la pelota atada. Y la desobediencia como herencia filtrada en su niñez y su infancia le marcarán su destino.

-Para ser jugador de fútbol, tenés que ser rápido. No sólo eso, tenés que ser responsable. Dejá esa moto, por favor.
Los pies, descalzos tantas veces, se verán resguardados por botines de marca, un bien apreciado por aquellos que no suelen tener nada y por ello mismo regalará zapatillas cuando pueda: fiel reflejo de aquello que escuchaba en la nursery cuando aún no sabía de injusticias, de ideales y de derrotas.

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Lo único que quiero es jugar a la pelota, andar en moto, alimentar a mi familia y nada más. Me jode que haya pibes en mi barrio que no tengan nada. No quiero fortunas, sólo lo mínimo necesario. Usted me está juzgando mal, por andar en moto no soy un irresponsable. Pero si a usted le parece bien, no vengo más, no hay problema. En Banfield, me valoran, no se preocupe. No, jugar a la pelota es justamente eso, JUGAR, que implica divertirse y le juro que me divierto, que lo disfruto, no me quite ese placer. Claro, entiendo su postura pero…, si usted tiene tanto en mi contra ¿para qué me convocó? Está bien, usted tendrá sus razones y yo las mías.

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Todo por la moto

El pasado viernes se había accidentado con su moto en la puerta de su casa.

José Luis Garrafa Sánchez falleció ayer en la clínica Mariano Moreno de la localidad de Moreno. Su cuerpo que soportó al igual que su vida distintas injusticias, dijo basta. Toda la sociedad futbolística, por no decir, toda la Argentina, sufre esta pérdida como el símbolo del juego del balompié. Un profesional que sabía de solidaridad, placer y “desobediencia debida”.